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10.7.13

Porno Japones Censura y Pixeles

/>Robert Mapplethorpe fue un fotógrafo excepcional  que acostumbraba a ser bastante explícito (sexualmente explícito, se entiende) en muchas de sus fotografías... Ya hablaré de él con calma en otro artículo, pero por ahora lo que me interesa es comentar que hace apenas ocho años un Tribunal de Tokyo prohibió la publicación del libro recopilatorio de fotografías Mapplethorpe por violar las leyes de obscenidad locales. Casi pudo oírse al provocador Mapplethorpe revolviéndose en su tumba, o tal vez carcajeándose de que su trabajo siga aún poniendo nerviosos a los censores cuarenta años después de su muerte... Afortunadamente, el Tribunal Supremo japonés revocó esa sentencia en 2008, abriendo por fin el camino a que la editorial Uplink publicase las 384 páginas de magníficas fotografías en blanco y negro, incluyendo veinte primeros planos de genitales masculinos. Ahí residía el problema, por supuesto: en esas veinte espléndidas pollas mapplethorpianas que me servirán para presentar el tema del que quería hablar hoy… La surrealista censura selectiva japonesa.

El artículo 175 del Código Criminal japonés castiga con multas y penas de prisión la producción y difusión de "material obsceno", pero deja abierta la definición de qué puede considerarse o no obsceno. La interpretación más frecuente de los jueces japoneses obliga a censurar (cortando, pixelando o difuminando, proceso llamado bokashi) cualquier imagen real o dibujada que incluya: (a) vello púbico, (b) genitales o (c) coito.  

Quizá el ejemplo más famoso de película comercial (es decir, no abiertamente pornográfica) que ha sufrido más cortes, pixelaciones y censuras en Japón es Ai No Corrida. Y sí, parece que me esté choteando, y aún lo parecerá más cuando traduzca el título literalmente ("Corrida de amor", donde "corrida" se refiere al toreo), pero la película se llama realmente así… Aunque probablemente os suene más por el título traducido: El Imperio de los Sentidos. Este peliculón de Nagisha Oshima sufrió recortes brutales en Japón (casi un tercio de los planos fueron suprimidos o pixelizados), y aún hoy en día no se ha editado allí una versión íntegra.

De la censura no se libra nadie: ni los directores de cine consagrados ni los dibujantes de manga ni los productores del porno más barato. Sin embargo, como en tantos otros ámbitos de la cultura y la sociedad, Internet lo ha cambiado todo. De poco sirve que los censores japoneses pixelen trabajosamente miles de genitales si con unos pocos clics de ratón los pornófilos tienen acceso a millones de sexos coreanos, europeos, americanos, africanos... Y a la mítica pornografía japonesa ilegal sin censurar, llamada urabon, que encuentra en Internet su canal de difusión más lógico y seguro. Uno podría pensar que la suma de los factores Internet + evolución de las costumbres + fácil acceso a pornografía "no censurada" sería suficiente para darle el golpe de gracia a la anacrónica censura por pixelación... Sin embargo, cuando se le da a elegir a un organismo legal japonés entre sentido común y esquizofrenia, la respuesta suele ser aún más absurda de lo esperado, como veremos con el kafkianismo nipón del cierre de la NEVA.

La Nippon Bideo Rinri Kyōkai , o simplemente Biderin para el nipón apresurado, era una organización más conocida por las siglas de su nombre inglés, NEVA ("Nihon Ethics of Video Association"). Fundada en 1972 por varios estudios de vídeos porno, tuvo como cometido evaluar y clasificar las películas X comprobando que no vulnerasen las leyes de obscenidad vigentes… Es decir, que en todos y cada uno de los planos se respetase escrupulosamente la censura previa. Llevados por el entusiasmo o por el signo de los tiempos, los responsables de NEVA relajaron a partir de junio de 2007 los criterios de aplicación del famoso pixelado, añadiéndoles transparencia y permitiendo que se viera directamente vello púbico en algunas escenas... Craso error. Apenas dos meses más tarde, la Policía Metropolitana de Tokyo asaltó las oficinas de NEVA en una espectacular redada, confiscando centenares de vídeos como parte de una investigación de productores y distribuidores de vídeos sospechosos de "difundir material obsceno mostrando genitales". En marzo de 2008, y como fruto de esa investigación, fueron arrestados cinco miembros de la directiva de NEVA, acusados de usar pixelados "demasiado reveladores". Toma ya signo de los tiempos, debieron pensar los pornógrafos desde su celda.

Así pues, la censura japonesa es algo muy serio y de graves consecuencias que sin embargo es casi imposible no tomarse a cachondeo. Como la vida misma, vamos.

Cuando hablo de la censura nipona suelo mencionar una novelita muy curiosa e interesante llamada Ojos a la parrilla, del escritor italiano Tiziano Scarpa. En las primeras páginas del libro una hermosa joven trata de suicidarse infructuosamente arrojándose a las heladas aguas de un río, pero es salvada (y puesta a secar) por el narrador. Delante de una estufa, la joven comenta que uno de los motivos de sus pocas ganas de vivir es la alienación y agobio que le causa su trabajo... Redibujar cada día en centenares de páginas de mangas miles de coños y pollas borrados previamente por la censura. Y del mismo modo que repetir mil veces seguidas una palabra en voz alta la despoja de sentido convirtiéndola en un sonido alienígena, limitarse a dibujar día tras día tras día un enorme número de genitales (y nada más) ha acabado por llevarla al borde de la locura.

El único entretenimiento que puede encontrar en su trabajo es enumerar el enorme número de trucos que encuentra la censura para suprimir los genitales en los manga: al no ser vídeos no tienen por qué limitarse al típico mosaico de pixelación, sino que pueden utilizar: "máscaras, tramas, parches negros, pegatinas, tiritas, remiendos, etiquetas, globos, pies de ilustraciones, sombras, trazos, aureolas, refracciones, negativos, transparencias que hacen que se evapore como una cortina atmosférica: a menudo se ve a una chica follada por un cuerpo transparente, pura silueta vacía. Y después degradados, abstracciones, eliminación de contornos, moldes, corazoncitos, hortalizas, verduras, animalitos, minerales, explosiones, rayos, desmenuzamientos, pixelizaciones, mosaicos, (…) puntos de vista ingeniosos, personajes que, mira por dónde, se ponen en medio, entre la pupila del lector y el detalle porno. Innumerables formas de castraciones y eccemas gráficos." O, como resume Scarpa en una frase hilarante: "Todo el universo, todo el lenguaje, todas las metáforas del mundo emigran en bandada y nidifican en la ingle de los cómics eróticos japoneses".

Dicho todo ésto, he de confesar que mi yo retorcido y perverso agradece enormemente la pervivencia de esta censura selectiva nipona... Y es que la imposibilidad de recurrir al recurso fácil del plano/contraplano genital (a riesgo de provocar problemas de bizquera a miles de japoneses ahogados en píxeles) ha obligado a los productores de porno japoneses a aguzar el ingenio y explorar otras vías para excitar al espectador. Y esto forma, evidentemente, un cóctel explosivo al juntarlo con una cierta permisividad de la sociedad japonesa hacia las sexualidades alternativas (ese es un tema que daría para artículo propio, pero basta recordar por ahora que no es casualidad que el arte del shibari naciera allí).

Se produce entonces un contraste divertidísimo entre esa especie de fijación fálico-vaginal de la censura y su casi absoluta liberalidad en todos los demás frentes. Me fascina la imagen del censor japonés (al que imagino como un atildado ejecutivo de traje y corbata) que contempla en su pantalla una escena de bukkakke de siete tipos con máscaras de cuero y disfraces de cavernícola eyaculando furiosamente sobre una mujer atada, en topless y vestida de látex... Y tiene como única reacción pixelar delicadamente, como quien añade una pincelada de tinta a un lienzo, el vello púbico y la punta de alguna polla que se vea por las cercanías.

Otra consecuencia graciosa del asunto es la inesperada promoción de la depilación genital, por el obvio motivo de reducir el área incómodamente pixelada en los vídeos. Esa es una mala noticia para los fans del "felpudo maldito", pero agradará sobremanera a quien prefiera los genitales lampiños. Se me ocurre una escena surrealista: que durante la filmación del afeitado de un coño nipón vaya desapareciendo poco a poco el mosaico pixelado, como si la maquinilla de afeitar o la navaja fuera eliminando los píxeles junto al vello ofensor...

Y una última consecuencia curiosa de esta censura es que ha generado en mucha gente (yo me incluyo) una especie de inevitable reacción pavloviana que asocia el pixelado extremo no sólo con los antiguos videojuegos de ocho bits sino también con la pornografía... O ambas cosas a la vez, a lo "Mario y Luigi se lo montan". Un pasatiempo curioso que os propongo para terminar el artículo de hoy es que intentéis transformar fotografías inocentes en auténticas guarradas con sólo un golpe de pixel. Es fácil.Y sino miren…

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